Asociación Cultural que rinde tributo a la literatura, al cine, al arte en todas sus expresiones, y reivindica unos valores elevados.
lunes, 4 de mayo de 2020
Carta de Una Desconocida - S. Zweig
El otro día sostuve una discusión afable con una amiga, la cual tachaba la obra de Bécquer de cursi. Fue algo que me sorprendió, aunque no demasiado en verdad en estos tiempos que corren, ni aunque esa acusación venga del bello sexo. Cuando regresaba a casa, recordé esta novelita, tan breve, tan densa, tan asfixiante. Pensé en la protagonista de esta novela, esa niña enamorada de la forma más inocente, pura y virtuosa, esa joven llevada por una pasión delirante y tormentosa, de una intensidad tan profunda que ahoga, que anula todo vestigio de cordura. El amor obsesivo, el amor con toda su fuerza y pureza, con toda su locura y poder sobrenatural. Me pregunté si mi amiga fuese capaz de amar así, como esta joven, si se atrevería a tachar la obra de Bécquer de "cursi". Rousseau decía que todas las grandes pasiones se forman en la soledad, y que es complicado encontrar esas pasiones en la vida mundana, y que la sociedad, la vulgaridad, dañan y anulan en buena parte esos sentimientos. No puedo estar más de acuerdo.
Esta obra maestra del genio Zweig llega a los rincones más íntimos del corazón de una mujer enamorada. No caben medias tintas, no hay juegos, ni orgullo: solo un amor que, como una llama, arde, devora, consume el alma de una mujer durante toda su vida. El amor como razón para vivir. Pocas veces he leído algo tan bello, tan duro y trágico y conmovedor, a la par que mostrado con tanto realismo y elegancia, sobre el amor. Desgarradoras, profundas, llenas de una sensibilidad tan enorme que pone al lector un nudo en la garganta, al borde de la asfixia: estas páginas de despedida, esta última carta de de una mujer fatalmente enamorada y tristemente desconocida, nada tienen de cursi, pues el amor que es grande, que es auténtico, se muestra una y otra vez en la historia del ser humano como el sentimiento más bello, puro, elevado y eterno.
Zweig se despidió de este mundo justo antes de la II Guerra Mundial, creyendo que todo por lo que había luchado estaba perdido. Se suicidó junto a su mujer, dejando tras de si una estela no sólo de misterio, sino de puro romanticismo en una época ya desprovista de aquellos ideales. Humanista, filántropo, conocedor del alma humana como pocos seres humanos que hayan existido, dejó una obra que está entre las mejores de los últimos tiempos, y unas biografías sobre Hölderlin, Tolstoi, Kleist etc que demuestran no sólo su conocimiento del artista auténtico, sino su propio arte poético para narrar de manera soberbia aquellas vidas de genios.
- Sir Percy
domingo, 3 de mayo de 2020
Su Milagro de Amor, 1945
Como un sueño, aún las imágenes imbuidas de irrealidad siguen en mi cabeza. La niebla, los caminos, y aquella casa, todo deslizándose por mi mente al compás de las notas de un piano. Y al final, un beso. No un beso normal, sino un beso de auténtico amor.
Así, "Su Milagro de Amor", como fue traducida aquí, "The Enchanted Cottage", el original, así permanece en la mente del espectador, como un sueño del que no quisiera despertar.
John Cromwell, actor y director, en su haber cuenta con grandísimas obras como director: "Cautivo del Deseo" "El Pequeño Lord" o "El Prisionero de Zenda", dirigió este film en el año 1945, logrando una nominación al Oscar por la banda sonora. Recordemos ese año algo del cine que hubo: "Días Sin huella" de Billy Wilder, "Las Campanas de Santa María" de Leo McCarey, "Recuerda" de Hitchcock, "Alma en Suplicio" de Michael Curtiz...sólo señalar que son obras inmortales que están entre lo mejor del Séptimo Arte.
"Su Milagro de Amor" tiene uno de los planteamientos más originales que yo haya visto: un ciego narra la historia a un auditorio a través de su propia composición para piano. Y es que quizá esta historia es más música que otra cosa, más poesía y sobre todo, sentimiento. Las notas del piano nos conducen a un flashback, donde ese personaje ciego comienza a narrar la historia mágica de ese cottage, pequeña y agradable casa de época en la que cuentan que hay brujas y fantasmas. Allí tendrá lugar el encuentro de los dos enamorados: Dorothy McGuire y Robert Young. La primera, en un papel estupendo, es una joven sin belleza física, tímida y con un gran complejo. Parece abocada a la desdicha y a la soledad en en mundo que sólo valora las apariencias. Robert Young es un piloto que regresa de la guerra con el rostro deformado, su cambio, su tormento es soberbio. No quiero desvelar más aspectos del guión, sólo decir que es sólido, sencillo pero inteligente. El film funciona como una fábula o cuento, alejado de la realidad, pero ofreciendo todos aquellos sentimientos plenamente humanos e inherentes al ser humano, que trascienden y no pierden jamás vigencia. Entre imágenes que van desde el fantástico, hasta lo fantasmagórico, bajo un blanco y negro maravilloso, lleno de siluetas terribles, paisajes de pesadilla llenos de niebla, y otras escenas más costumbristas, el núcleo siempre es la casa, una casa que transmite un hechizo, hechizo por el que quedan presos los personajes y los espectadores. La dueña de la casa(soberbia también) , el hombre ciego, y nuestra pareja son historias diferentes de personas con enormes sufrimientos, que confluyen en ese cottage encantado, cuyo poder parece cambiar a las personas...
Cuando se rueda con cariño se nota: los planos y la fotografía son excepcionales, y dotados de mucha sensibilidad. Las escenas desprenden poesía, y la acción está muy bien llevada, con ritmo, pero con la delicadeza de aquellos tiempos. Un film fascinante, una joya plena de romanticismo y de defensa del verdadero amor y la belleza que jamás acaba. No es nada nuevo, ni viejo, sencillamente trata de algo eterno con asombrosa maestría y enorme sensibilidad, con unas actuaciones de excepción. Para mí no sólo el paso del tiempo mantienen intacto todo el encanto (y nunca mejor dicho) del film, sino que hoy día gana por esa atmósfera fantástica que logra, y por esos sentimientos tan tiernos y elevados que reivindica, hoy tan denostados. Hay otros dos films maravillosos que versan sobre el amor, que recordé al ver esta joya: "Hechizo" de Irving Reis, para mí una de las más grandes películas de la historia, y "El Puente de Waterloo" otra obra maestra.
Una película perfecta, casi onírica, de exquisito buen gusto, que fluye como una composición musical, con ese aroma a nostalgia y profundidad que solo las más excelsas composiciones logran transmitir, con ese arrebato de los sentidos y esa emoción inefable cuando la música toca el corazón. Toda una obra maestra.
-Sir Percy
viernes, 1 de mayo de 2020
Sit Tibi Terra Levis, Landa, Gracias por el Eterno Areta
por Diego Chacón Jerez
No voy a ser yo quien diga ahora que hay personajes de ficción, especialmente en el cine, que trascienden al propio actor que los interpreta, que trasciende más aún al propio papel que representa en la obra y que, tras fusionarse intensamente con el actor, se convierte en un icono, en una entidad autónoma, con vida propia.
Se convierte entonces en lo que alguno definió una vez como “el personaje que aparece en la obra pero que ya no pertenece a la obra, sino que la supera, porque se hace dueño de ella y es entonces cuando la obra pertenece al personaje… solo uno de ellos puede pasar a la eternidad.
Cuando algo así pasa los amantes del cine, del buen cine, del cine pausado, del películas de dialogo y no de imagen, el de las secuencias trabajadas, largas, intensas y con un regusto prolongado, como hace un buen cognac, reconocemos al exegeta y afirmamos: “sí, Él, que salía en la película tal, pero no decimos la película tal, en la que él salía”.
Algo así pasa con Wallander, pasa con Chandler, pasa con Homero… y pasa con Garci, ¿qué le pasa?, que encuentra a Landa y lo junta con su Madrid, con el Madrid de su juventud, el de la transición entre los chicles “Bazooka” y los cigarrillos sueltos, el Madrid de los cines de sesión doble. Y les ofrece el papel de su vida y obra la magia, y nosotros la disfrutamos, por partida doble: es la historia de “El Crack”.
Una película de la que se puede hablar mucho, y así o hare si la inspiración me ayuda a convertir en palabras un pensamiento frenético y el editor de esta página no se cansa de mi constancia, y no veo mejor forma de empezar a diseccionar la obra que comentar la relación entre el personaje y el escenario en que desarrolla su papel, un retrato pesado, triste, húmedo y frio de un Madrid de los primeros 80 auténticamente noir, y giallo, un Madrid con barberías y espectáculos de boxeo en los bajos fondos de una Gran Via llena de cines de estreno, de pelota vasca y whisky DYC, con Ducados.. y el Banesto.
La historia es si misma es una historia sencilla, de detectives callados, hieráticos, pensativos tras un frondoso bigote que les protege del resto del mundo, detectives que reciben a clientes enigmáticos llenos de secretos que nunca cuentan la historia completa. Una historia de bajos fondos en la que lo mejor, lo más logrado, es la manera en que todo se pone al servicio del protagonista, que es lo importante.
Me parece increíble, excepcional, como se “españoliza” en los tristes 80 el paradigma del detective americano de los 40 y como sin que nos cuenten nada de su pasado, sin que nos den ningún detalles de los golpes que le han hecho llegar al punto en el que se encuentra con nosotros, somos capaces de entenderlo todo, de comprender por qué es así, por qué quiere estar solo, por qué desconfía de todo, por qué lo piensa todo otra vez cuando parece que ha encontrado una explicación, lo piensa una vez más. Y desde ahí entendemos su certeza en una especie de venganza divina, que si tiene que lograrse por uno mismo y a fuerza de “remington” y “cojones” así debe ser y así se hace.
Otra de los aspectos que más me sorprenden y admiran de esta película es el amor que destila su director por su ciudad, y como es capaz de hacernos sentir su “pulso vital”, su vida diaria, y nadie como él ha integrado tan bien la fotografía de sus calles, de sus locales, sus cines, sus edificios de oficinas, sus garajes, sus bares de carretera con su particular “música”, la música de la vida diaria de entonces en la ciudad, una música con la presencia eterna de la radio, de José María García de fondo, con El País en blanco y negro y el Alcázar.
Y ese ambiente a la vez opresor, frio y húmedo, pero próximo y familiar, esa sensación casi olvidada de una ciudad conocida, cercana que creíamos ya olvidada nos revuelve el interior a quienes podemos recordar su existencia, se encarga Garci de reproducirla perfectamente con música, y Jesús Glück se encarga de ello.
Con el trabajo de ambos se consigue una de las mejores escenas de presentación dónde los personajes desaparecen, se diluyen, para dar entrada a la verdadera protagonista: una cuidad que amanece un nuevo día sabiendo que va a ser duro, de madrugar mucho y de mucho trabajo, desagradable y mal pagado, un día que se sabe lleno de clarooscuros y de secretos, de bajos fondos y de clases altas corruptas, y de algunos personajes que saben mezclarse entre unos y otros sin “mancharse de sangre sus zapatos italianos”,
Todo esto me transmite esta película, y es capaz de hacerlo con solo sus primeros diez minutos, así que habrá ocasión más delante de seguir hablando del resto del metraje, ¡ah!, y de Alfredo, que sale en ella.
Se despide, honrado…
-El Caballero del Verde Gabán.
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