por Diego Chacón Jerez
No voy a ser yo quien diga ahora que hay personajes de ficción, especialmente en el cine, que trascienden al propio actor que los interpreta, que trasciende más aún al propio papel que representa en la obra y que, tras fusionarse intensamente con el actor, se convierte en un icono, en una entidad autónoma, con vida propia.
Se convierte entonces en lo que alguno definió una vez como “el personaje que aparece en la obra pero que ya no pertenece a la obra, sino que la supera, porque se hace dueño de ella y es entonces cuando la obra pertenece al personaje… solo uno de ellos puede pasar a la eternidad.
Cuando algo así pasa los amantes del cine, del buen cine, del cine pausado, del películas de dialogo y no de imagen, el de las secuencias trabajadas, largas, intensas y con un regusto prolongado, como hace un buen cognac, reconocemos al exegeta y afirmamos: “sí, Él, que salía en la película tal, pero no decimos la película tal, en la que él salía”.
Algo así pasa con Wallander, pasa con Chandler, pasa con Homero… y pasa con Garci, ¿qué le pasa?, que encuentra a Landa y lo junta con su Madrid, con el Madrid de su juventud, el de la transición entre los chicles “Bazooka” y los cigarrillos sueltos, el Madrid de los cines de sesión doble. Y les ofrece el papel de su vida y obra la magia, y nosotros la disfrutamos, por partida doble: es la historia de “El Crack”.
Una película de la que se puede hablar mucho, y así o hare si la inspiración me ayuda a convertir en palabras un pensamiento frenético y el editor de esta página no se cansa de mi constancia, y no veo mejor forma de empezar a diseccionar la obra que comentar la relación entre el personaje y el escenario en que desarrolla su papel, un retrato pesado, triste, húmedo y frio de un Madrid de los primeros 80 auténticamente noir, y giallo, un Madrid con barberías y espectáculos de boxeo en los bajos fondos de una Gran Via llena de cines de estreno, de pelota vasca y whisky DYC, con Ducados.. y el Banesto.
La historia es si misma es una historia sencilla, de detectives callados, hieráticos, pensativos tras un frondoso bigote que les protege del resto del mundo, detectives que reciben a clientes enigmáticos llenos de secretos que nunca cuentan la historia completa. Una historia de bajos fondos en la que lo mejor, lo más logrado, es la manera en que todo se pone al servicio del protagonista, que es lo importante.
Me parece increíble, excepcional, como se “españoliza” en los tristes 80 el paradigma del detective americano de los 40 y como sin que nos cuenten nada de su pasado, sin que nos den ningún detalles de los golpes que le han hecho llegar al punto en el que se encuentra con nosotros, somos capaces de entenderlo todo, de comprender por qué es así, por qué quiere estar solo, por qué desconfía de todo, por qué lo piensa todo otra vez cuando parece que ha encontrado una explicación, lo piensa una vez más. Y desde ahí entendemos su certeza en una especie de venganza divina, que si tiene que lograrse por uno mismo y a fuerza de “remington” y “cojones” así debe ser y así se hace.
Otra de los aspectos que más me sorprenden y admiran de esta película es el amor que destila su director por su ciudad, y como es capaz de hacernos sentir su “pulso vital”, su vida diaria, y nadie como él ha integrado tan bien la fotografía de sus calles, de sus locales, sus cines, sus edificios de oficinas, sus garajes, sus bares de carretera con su particular “música”, la música de la vida diaria de entonces en la ciudad, una música con la presencia eterna de la radio, de José María García de fondo, con El País en blanco y negro y el Alcázar.
Y ese ambiente a la vez opresor, frio y húmedo, pero próximo y familiar, esa sensación casi olvidada de una ciudad conocida, cercana que creíamos ya olvidada nos revuelve el interior a quienes podemos recordar su existencia, se encarga Garci de reproducirla perfectamente con música, y Jesús Glück se encarga de ello.
Con el trabajo de ambos se consigue una de las mejores escenas de presentación dónde los personajes desaparecen, se diluyen, para dar entrada a la verdadera protagonista: una cuidad que amanece un nuevo día sabiendo que va a ser duro, de madrugar mucho y de mucho trabajo, desagradable y mal pagado, un día que se sabe lleno de clarooscuros y de secretos, de bajos fondos y de clases altas corruptas, y de algunos personajes que saben mezclarse entre unos y otros sin “mancharse de sangre sus zapatos italianos”,
Todo esto me transmite esta película, y es capaz de hacerlo con solo sus primeros diez minutos, así que habrá ocasión más delante de seguir hablando del resto del metraje, ¡ah!, y de Alfredo, que sale en ella.
Se despide, honrado…
-El Caballero del Verde Gabán.

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